Una historia de sobrevivencia
La muerte de mi padre, Omar, sucedió hace 22 años, cuando yo tenía tan solo 10 años. Partió el 19 de abril de 1992, durante Semana Santa, época en la cual mi familia habitualmente vacacionaba.
Recuerdo como un domingo en la parada de los buses, mi papá nos dijo que él nos alcanzaba en unos días y se despidió con un beso de aquellos que nos solía dar. Pasaron los días y nunca llegó. El domingo 19 de abril nos regresábamos a San José. Planeábamos llegar a las 4:00 pm pero el bus se retrasó y arribamos hasta las 8:00 pm.
Mi mamá venía muy enojada por la ausencia de mi papá y conforme el taxi se acercaba a nuestra casa, nos llamó la atención ver ambulancias y el carro de la morgue viajando en sentido contrario a nosotros. Al llegar vimos mucha gente en la casa de mi abuelita, que vivía cerca. Mi hermana, mi mamá y yo no sabíamos lo que estaba ocurriendo pero pensamos que algo le había pasado a mi abuelita. Fue al llegar, que se acercó mi hermano mayor a contarnos lo que había sucedido: mi padre se había suicidado. Murió a las 4:00 p.m. Mi vecino y mi abuela fueron los que lo encontraron; sin embargo, cuando llegaron, no había nada que hacer. El no dejó cartas ni despedidas, sólo se aseguró de que no nos faltara nada en esa primera semana de su partida.
Mi papá había emprendido un proceso de rehabilitación por su adicción al alcohol, pero tuvo una recaída de la cual no pudo sobreponerse. En varias ocasiones, él había anunciado su partida, pero en esa época no se hablaba de suicidio ni se tenía la información con la cual se cuenta actualmente… más bien era un tema malo, algo morboso.
El día de su vela, mi hermana y yo no queríamos verlo en el ataúd y al final nos convencieron de hacerlo. Ella de 12 años, y yo de 10 años, experimentamos por primera vez, un sentimiento de dolor, miedo y confusión. Nuestra vida cambió para siempre. Todo se fue: desde las comodidades que teníamos, hasta la inocencia típica de esa edad.
Los años posteriores fueron difíciles. El rencor y el resentimiento se acrecentaron. Mi familia quedó estigmatizada por lo sucedido, y por esa razón, en mi hogar no se hablaba del tema. Yo no podía hablar con nadie, porque había aprendido que las personas no iban a entender el porqué mi padre tomó esa decisión.
Hoy tengo 32 años y debo admitir que aún estoy tratando de asimilar y aceptar su decisión. Aprender a aceptar su ausencia es parte de mi reto. Me gusta recordar cuanto me quería: yo era su caramelo. Me chineaba en sus regazos cuando no podía dormir…me llevaba a la cama y me abrigaba. Hoy recuerdo su consejo, de seguir adelante y ser una mujer de bien. Ahora pienso que él me preparó para caminar sin él en esta vida y recordarlo en los momentos felices.
He aprendido que aunque los años pasan, nuestros seres queridos nunca se olvidan. El dolor de su ausencia nunca se supera; pero la vida nos enseña a vivir con el dolor. Mi papá siempre estará en mi corazón, como una llamita que nunca se apaga y sé que en situaciones difíciles de mi vida, él siempre me acompaña.
