Daniela


Una historia de sobrevivencia

Mis estudios del Bachillerato en Enfermería estaban por acabar. Era voluntaria de Cruz Roja en el despacho de emergencias de San José y podía comunicarme con los operadores del 911. Fue así como me hice amiga de un muchacho, a quien a pesar de que no podía verlo, sentía que era humilde, cariñoso y atento. Quise conocerlo…podía sentir que me estaba enamorando de la persona detrás de la pantalla del computador.

Nuestro primer encuentro fue el 23 de agosto del 2004. Tan solo unos días después, el 11 de setiembre, nos dimos la oportunidad de iniciar una relación de noviazgo y empezamos a conocernos.

Así supe que Danny provenía de una familia donde él era el mayor; tenía dos hermanas menores y un medio hermano que vive en El Salvador. Su padre alcohólico, siempre ausente y despreocupado, contrastaba con una madre abnegada quien con su empleo doméstico y mucho esfuerzo los sacó adelante. Los 3 fueron no solamente profesionales, sino maravillosas personas.

Entre algunos altibajos, y en un arrebato de locura, nos casamos el 30 de noviembre de ese mismo año. Para ambas familias fue un impacto increíble.

Al principio cada quien vivía en su casa, pero empezamos a construir nuestra casa en un terreno que nos cedieron los suegros. Mientras tanto, terminé de estudiar el Bachillerato con la ayuda de mi esposo; luego continué con la Licenciatura y la Maestría. Empecé a trabajar como Auxiliar de Enfermería en el Hospital de las Mujeres, por lo que rápidamente logramos dotar nuestro hogar de todo lo necesario, hasta carro compramos.

Mis padres nos regalaron una cachorrita: una dálmata hermosa a la cual llamamos Layka. Danny adoraba sacarla a caminar y así ella se convirtío en fiel compañera de expediciones a senderos, ríos y montañas.

Lo teníamos todo y ahora nuestro sueño era el de ser padres. Tras poco menos de 2 años sin planificar, iniciamos un tratamiento de fertilidad. Este no tuvo éxito y requerí de una operación para maximizar las probabilidades de un embarazo. En el 2007 iniciamos con inseminaciones artificiales, 4 en total, y al llegar a la quinta no quisimos continuar. Habían sido 7 meses de frustración, estrés y desilusión. Nuestra única esperanza era una fertilización in vitro fuera del país por lo cual debimos abandonar nuestro sueño. Debo decir que durante este proceso, Danny fue súper atento a todas mis necesidades; él siempre fue mi ángel.

Al inicio del 2010, logré mi ascenso como enfermera obstetra. Mi salario superaba por mucho el de mi esposo y aunque él no lo dijera, sabía que lo hacía sentir mal. Ante mi insistencia y la de su familia, inició sus estudios de Enfermería, logrando convalidar 8 materias por sus estudios previos de paramédico. Su entusiasmo era grande y su deseo de superación era muy evidente. Mientras él se dedicaba al estudio, yo satisfacía todos sus gustos: comidas, salidas, ropa, entretenimiento. Aunque yo sabía que era incorrecto, de alguna u otra manera mitigaba mi culpa por tener un mejor salario que él.

Los nuevos amigos y el nuevo entorno de Danny nos provocaron serios problemas de pareja. Amenacé con divorciarme y para manipular la situación, él hizo un intento de suicidio. Fuimos a terapia psiquiátrica individual y de pareja y las cosas mejoraron. No quiero decir que de ahí en adelante todo fuera color de rosa, pues siempre se presentaban discusiones ocasionales, como en todo matrimonio, pero nada que no pudiéramos solucionar.

En agosto del 2013 fue su graduación de Bachillerato en Enfermería y todos estábamos muy orgullosos por el logro alcanzado. Nuevamente se atizaron nuestros deseos de ser padres.

Decidí ir a las misas que se hacían en nombre del Padre Pío todos los 23 de cada mes en la Iglesia de San Isidro de Coronado, pidiendo un milagro por nuestro anhelo de ser padres. Con tres visitas (3 meses) y luego de una de las misas donde el Padre Gabriel hizo la unción de los enfermos, el Padre Pío escuchó nuestra petición y el 24 de noviembre del 2013 nos enteramos que estaba embarazada de cinco semanas. Tres semanas después, nos enteramos que no era un bebé, sino dos!

Fue una locura de felicidad para ambas familias. Danny podía decir que era el hombre más feliz, pleno y con nuevos planes a futuro. Sus temas de conversación siempre giraban en torno a los bebés. Soñaba con llevarlos a las playas a jugar en la arena, llevarlos a las montañas y a los ríos, enseñarles el amor por la naturaleza, criar almas aventureras como la suya.

Tuvimos unas diferencias con intercambio fuerte de palabras en enero del 2014 por asuntos que no vienen al caso. Esto ocasionó no sé que “BUM” en su cabeza, creó un conflicto real, que ninguno de los que estábamos a su alrededor logró percibir.

Estuve internada casi una semana en el hospital por amenaza de aborto; tiempo durante el cual decidí, como siempre, darle otra oportunidad. Lo amaba y deseaba verlo convertido en el mejor padre del mundo.

Cuando me dieron la salida, tuve que continuar en reposo absoluto, colocándome un riguroso tratamiento. Curiosamente, Danny me dijo que quería ir al Sur a visitar a mis padres; así lo hizo. Disfrutó mucho estando allá. Mi mamá lo chineó con las comidas que le gustaban y paseó cuanto pudo. Fue con mi papá a la finca a ver el ordeño en la madrugada, y al ver unas chanchas que había comprado yo, ya soñaba con sacarles cría para la venta y ver ganancias.

Me hizo mucha falta durante esos días. Nunca dejó de escribirme y decirme lo mucho que me amaba. Hasta pronosticó el sexo de los bebés, él dijo: “son nenas, serán machillas y serán mis princesas”. Siempre terminaba sus conversaciones con “cuida a las bebas”.

La madrugada del jueves 6 de febrero volvió a San José. Regresó como siempre, cariñoso y atento. Me hizo masajes en los pies para mitigar la inflamación y dormimos abrazados, en completa satisfacción.

Al día siguiente yo tenía que regresar al hospital para hacerme unos exámenes y retirar más medicamentos. Como salimos muy temprano no habíamos desayunado, así que tras la visita al hospital, pasamos por el mercado local a comer, luego fuimos a casa a dormir. A eso de las 12:30 pm, Danny se levantó con ganas de salir a caminar con la perra. No me pareció extraño, porque siempre buscaba como aventurarse. A las 2:30 pm me escribió, me dijo “que me amaba y que cuidara a las bebas”. Me envió varias fotos con la perra y luego de ahí no hubo más comunicación.

Ese día (7 de febrero del 2014), estaba cumpliendo las 16 semanas de embarazo. Entrada la noche, empecé a preocuparme pues Danny no regresaba. Al llamarlo, el teléfono ni timbraba, iba directamente al contestador. A las 10:00 pm salí con mi cuñada y su esposo a buscarlo por todos los lugares que solía frecuentar durante sus caminatas. No nos adentramos en los caminos, sino que pasamos por las entradas, pensando que nos lo íbamos a topar. No tuvimos suerte.

Esa noche no dormí, preocupada por que estuviera herido o perdido en la montaña, en una madrugada tan ventosa y fría. A la mañana siguiente, mi suegro fue quien emprendió la tarea de salir a buscarlo a la poza que más frecuentaba. Se salió del sendero al ver a Layka y fue así como dio con Danny. Se había colgado con la correa de la perra, en una rama de un árbol seco. El lo descolgó y salió corriendo a la casa para avisar.

Entró gritando, diciendo que había encontrado a Danny y que estaba muerto. No dijo la causa de la muerte, pero repetía una y otra vez que lo encontró muerto. Yo que estuve en contacto con los supervisores del 911 desde la noche anterior, los llamé gritando pidiendo ayuda porque quería que lo sacaran de ahí. Le suplicaba a Ingrid, la supervisora, que fueran a sacarlo, que lo quería ver. Yo les decía que había sido un accidente porque en ese momento no sabía el verdadero motivo de la muerte.

Mi llanto y sufrimiento fue tal que creí que me iba a volver loca. Deseaba que me sacaran a las bebés; no quería estar más embarazada. Estaba enojada con Dios, con Danny y hasta con el pobre Padre Pío pues no me explicaba para qué me dio la dicha de quedar embarazada si luego iba a tener que pasar por esta prueba, que para ser honesta, ha sido la más dura y cruel de mi vida.

Me trasladaron en ambulancia al hospital por estar con la presión arterial muy elevada, además de tener los nervios totalmente descontrolados. Para cuando llegué ahí, toda mi familia estaba afuera de la entrada de Emergencias, preocupada por mi salud. Me administraron Diazepam intravenosa para calmarme un poco pero no hizo efecto. Unas horas más tarde, logré fingir una mejoría y pedí mi salida.

Tengo que decir que Danny murió el viernes y desde ese día dejé de sangrar; de otra manera no lo hubiera podido velar, enterrar y estar en su novenario. El día de su funeral, al concluir la misa, Dios me dio la fuerza para hablar. Con voz quebrantada relaté brevemente mi historia de infertilidad y el milagro del Padre Pío. Me lamenté por estar sola, ya que él no estaría para ayudarme a educarlas, guiarlas y cuidarlas. Supliqué a los presentes que rezaran por su alma y por el perdón de Dios, para que cuando las nenas y yo muriéramos, pudiéramos reencontrarnos. Aunque mi intención nunca fue hacer llorar a los presentes, muchos lo hicieron y agradecí que se sintieran identificados con mi dolor.

Fue más que duro pasar por esto, sobre todo embarazada. Todos se preocupaban más por las nenas que por mí. No se me permitía llorar ni entrar en crisis porque me atacaban diciendo que eso les afectaba a las bebés.

A las dos semanas del entierro, la familia había planeado regresar al lugar donde Danny había decidido encontrar su paz. Yo iba a ir con la ayuda de todos, pues ya no sangraba y me sentía bien; además yo conocía el lugar pues varias veces había ido con Danny y Layka a nadar al río. Llegó el día previsto y yo ni cuenta me di, asumieron que no iría, y se fueron sin mí. Al principio me molesté con todos, pero terminé por entender que el último mandato de Danny había sido “cuida las bebas” y podía ser peligroso si iba en mi estado. Al lugar bajaron, mi suegro, mis cuñadas, unos tíos (hermanos de mi suegro), un seminarista llamado Edgar y el Padre Orlando; llegaron cantando y rezando. Llevaron una cruz metálica, la cual “sembraron” en la tierra pegándola con cemento al pie del árbol que Danny había elegido. El Padre echó agua bendita y hasta se pudo ver que de la rama de ese árbol seco, estaban retoñando nuevas hojitas verdes. Tomaron fotos y con eso me tuve que conformar.

Han transcurrido poco menos de dos meses y todos los días lo lloro como si fuera el primero. Tengo más sentimientos de culpa que cualquier otra cosa. Yo lo presioné para que estudiara y así lo hizo. Nunca logré que aprendiera a cocinar, que aprendiera a conducir, o que empezara a buscar trabajo en hospital para mejorar su salario y ganar experiencia, que fuera responsable o llegara temprano al trabajo. Aunque esas cosas eran para su bien lo presionaba al punto de enojarme, porque por un oído le entraba y de igual forma por el otro le salía. Por cosas como esas eran mis disgustos, nuestras peleas.

Desde que terminó el Novenario sigo rezando el Rosario diariamente. Pido perdón a Dios y a Danny por cualquier cosa que yo haya podido hacer y que provocara tal desenlace. También rezo para rogarle a Dios que lo tenga en el Cielo y que perdone todos sus pecados. Aunque el Padre Orlando me absolvió de mis pecados, no dejo de pedirle perdón a Él para que cuando llegue el día de mi muerte, mi alma se reúna con la suya en la eternidad.

Ahora echo de menos su sonrisa, sus abrazos, sus besos y sobre todo su compañía. Lo más duro es acostarme abrazando sus almohadas y levantarme sin sentir su presencia. Desayunar es caótico y vivir pensando en él es una real hazaña. Cada cosa que hago me lo recuerda, me gusta hablar siempre de él. Me alegra tenerlo presente, no pretendo ni quiero olvidarlo.

Un día a la vez, ese es mi lema para sobrellevar este dolor tan grande. Pero hay un único día que me preocupa en verdad: el día en que nazcan las nenas. Todos estarán ahí para conocerlas, todos menos Danny. Mis hijas nacerán sin padre y ellas me lo recordarán todos los días de mi vida. Según la Psicóloga, ante la llegada inminente de mis hijas, tengo dos alternativas: que sean la peor tortura de mi vida por ser hijas de Danny o bien que sean el mejor, y más bello recuerdo que tenga de él. Ahora entiendo que viviré para darles todo lo que pueda: educación, amor, cariño… para lograr convertirlas en mujeres felices y de bien.

¿Cómo explicarles cuando llegue el momento, que aunque su padre estaba feliz y orgulloso de tenerlas, acabó su vida? Eso es algo que nos queda de tarea.

Danny, te amaremos por siempre y más allá de la muerte. Te perdono porque comprendo que tu ciclo terminaba aquí y es aquí cuando inicia nuestro camino como sobrevivientes.

No te digo adiós, sino un “hasta pronto”.